El otro color del silencio







Al entrar a la plaza desde el sur advertí que no sería fácil encontrar un banco libre. Quizás por la mañana o al mediodía sí, pero a la media tarde estaban ya ocupados por jubilados sentados de a tres o cuatro o por turistas atraídos por la famosa basílica en eterna construcción. Hacía seis años que alquilaba un piso a unos cien metros de allí pero recién en el último me había habituado a venir casi todos los días. Me gustaba lo frondoso del lugar, me sentía bien leyendo y practicando ejercicios con la atención: mirar detenidamente un árbol mientras se van aplacando los pensamientos, ese tipo de cosas...

Mi banco favorito, en un sendero lateral bajo una tila, estaba ahora ocupado por un grupo de indigentes pero, casi frente a la Puerta del Nacimiento descubrí un sitio libre. En el banco a la sombra de unas tipuanas, un hombre medianamente joven leía un libro de bolsillo, tal vez una novela. Asemejaba un abogado o un subdirector financiero en lo que él seguramente consideraría ropa informal: suéter anudado al cuello sobre camisa de manga larga y vaqueros también planchados con una raya impecable. Mientras me sentaba, se giró ligeramente para mirarme por encima del hombro elevando las cejas. Quizás fuera por esa elevación excesiva, lo forzado de su pierna cruzada, la incomodidad evidente que exudaba al estar lejos su despacho o, seguramente, el que me recordara a alguien especialmente desagradable, por lo que el intercambio de miradas tuvo el inequívoco sabor del desdén mutuo a primera vista. Creo que, más allá de nuestras diferencias de aspecto, le molestó que ocupara lo que al parecer, asumía como espacio personal. Aunque esto en aquel momento lo percibí difusamente: hacía calor, tenía los pies cansados y me apetecía quedarme un rato conmigo a la sombra. Me dije que la mejor opción era la de ignorarnos amablemente. Apoyé los codos en el respaldo, cerré los ojos y me repanchingué inspirando a pleno pulmón, anhelando un rato en silencio entre los árboles.

Hay un color luminoso que recién descubrí en Barcelona, sólo durante abril o mayo cuando la luz halógena de la media mañana o de la media tarde cae oblicua, iluminando en contraluz el follaje recién brotado. Es un color radiante y fresco en el límite del espectro del verde cuando casi funde al amarillo… Cuando abrí los ojos, ese color digamos que me atrapó. Todo se borró mientras me daba cuenta que estaba allí, luego algo se aflojó adentro y me inundó un bienestar sin palabras, sin que nada más importara. Estuve así un momento largo, como suspendido, sintiéndome de nuevo vivo y feliz... Recién entonces advertí las dos palomas inmóviles ocultas en el claroscuro de la fronda cuando, imperceptibles, se balancearon hasta dejarse caer en el aire caliente de la tarde. Fue un ballet sincronizado y perfecto: las vi perder el equilibrio sobre la rama negra y, ya en el vacío, batir al unísono las alas con un golpe seco. Sin embargo, hubo algo inesperado que rompió la simetría extraordinaria. Una oscilación que brilló fugaz entre las hojas junto a la paloma izquierda, una estela furtiva que flotó incomprensible sin ser reclamada por la gravedad...

Aquello cayó siguiendo una curva para detenerse sin ruido en la página izquierda del subdirector financiero. Ante el impacto, el hombre contuvo la respiración y miró el excremento durante unos segundos interminables. Visto de reojo daba la impresión de debatirse entre lo que no podía aceptar y lo que tampoco podía negar hasta que, enrojecido, cerró la novela y me lanzó una mirada exasperada. Yo casi automáticamente alcé las cejas y los hombros en ese gesto de fatalidad e inocencia que dice "¿qué le vamos a hacer? es natural..." Recomponiéndose ya como abogado, pareció darse cuenta del absurdo de acusarme de complicidad con la paloma y se levantó resoplando. Lo observé con curiosidad alejarse entre los paseantes, absorto en un punto indefinido entre ambos pies. Entonces me giré exhalando, lancé la vista lejos y luché por no darme ninguna explicación.

[Barcelona, mayo 2001]

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1 comentario:

  1. Me alegra mucho que tus cuentos vean la luz. En este hay una descripción tan sublime de los espacios, de las texturas, de algunos estados que son tan reconocibles por todos...Quisiera animarte a que no dejaras de publicar, ni de escribir.

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